Teniendo sexo Mi pasión imposible (SEX)


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Teniendo sexo

Buenas gente de P!.. Este es mi primer post por lo que no habrá mucha producción debido a mi ignorancia al respecto, aunque les traigo una historia de mi vida, algo que me pasó y que hoy sigue presente con mucho dolor. Agregué un final simbólico, lo que no quiere decir que no sea ese hoy mi rol en el presente. Espero que les guste y sin más los dejo para leer.

Quizá esta historia no está relatada de la forma perfecta, pero traté de ser lo más prolijo posible. Tal vez se haya escapado algún error, pero fue sin intención.

Gracias por pasar y disfruten.

Era tarde por la noche, cuando decidí que era el momento, luego de meditarlo durante largos días. Ella no podía seguir en la nada, sin que supiera la verdad.

Esta historia comenzó una tarde como cualquier otra, o como ninguna, en la pileta del barrio, donde por primera vez nos conocimos. Las miradas se cruzaron, demandantes de pasión al primer contacto, aunque no fue en aquella época donde el amor comenzó a fluir. Sólo fue un beso a los pocos días, en una noche de fiesta y alcohol.

Dos años más concluyeron, sin más que cruces aleatorios por no más que lujuriosos momentos de goce ausentes de sexo.

Coincidimos por casualidad o por el destino en un mismo bar una fría noche de mayo, en vísperas de feriado. La vi apoyada sobre el capó de un auto charlando con varios conocidos. Me costó varios segundos llegar a la decisión de acercarme a saludarla, ya que la gente que la rodeaba, con ganas de llevársela a solas, no me apreciaba y yo menos a ellos. Al verme caminó hacia mí, encontrándonos en un punto medio. Me saludo como siempre, con un tibio y cómplice abrazo. Al rato estábamos charlando del pasado y de la vida, nada distinto a lo que uno hiciese en ese caso. De repente, me hizo una pregunta a la que no pude negarme, aunque respondí con sorpresa:


¿Qué harías si te pidiera un beso?, dijo ella.


A lo que respondí: – Trataría de pensarlo mejor.

Es difícil calcular el tiempo que tarde en besarla con pasión. Sus labios, húmedos y fríos a la vez, recorrían los míos deseándome como nunca lo habían hecho. Su lengua, pícara y audaz, recorrió cada espacio de mi boca, mientras la mía intentaba hacer lo mismo aunque con menor éxito debido a la fuerza que ella ejercía sobre mí. Cuando finalmente nos separamos nuestras miradas se mantuvieron firmes, seguras de sí, esperando una conclusión incierta, vaga, desconocida. Fue entonces cuando decidimos prescindir del público, para pasar a conocernos, de una vez por todas, íntimamente.

Esa privacidad se trasladó a mi casa, donde vivía sólo hace varios meses. Mucho no pude hacer para impedir el ímpetu por probar nuestros cuerpos, aunque en verdad era eso lo que fervorosamente queríamos. En seguida se me abalanzó y entre rápidas caricias y fuertes besos comenzó a quitarme la ropa. Lo primero fue la remera, mientras me besaba el ombligo e iba subiendo. A su vez, me incliné hacia atrás, dejándome caer sobre la cama, para quitarle su vestidito verde, tan sexy, tan sugestivo. Mientras iba descubriendo su piel, sus ojos, de un tono azulado, recorrían mi cuarto, buscando algo que jamás descubrí. Al instante, vestida en una provocativa lencería de encaje blanco, continuó con mi pantalón de jeans, el cual no tardo mucho en desabrochar, pero si mucho en bajar. Yo la observaba mientras me lo iba bajando hacia mis tobillos. Me besaba en los muslos, sugiriendo lo que vendría a continuación. Yo ya estaba listo, y al notarlo retiró mi boxer para comenzar a darme un placer que nunca jamás olvidaré: mientras su mano derecha se mecía arriba y abajo por mi miembro, sus labios recorrían, húmedos, la zona de mi pubis y hacia los costados. Su otra mano auxiliaba al resto de mi cuerpo, que, desnudo, se estremecía más y más. No tardó en poner su boca sobre mi pene y recorrerlo suavemente con el contorno de sus labios hacia abajo, a la vez que con la lengua jugueteaba por dentro haciéndome gemir de placer. Al escucharme noté que ella sonrió levemente, siendo cómplice de su propia fechoría. Seguía haciéndolo cada vez más rápido, hasta que notaba que yo comenzaba a endurecerme, en señal de éxtasis, y bajaba la intensidad. Noté enseguida que era el momento de devolver el placer cuando me miró con ganas de arrojarse sobre mí para llevarme al séptimo cielo. Al verla, decidí deleitarme con la belleza de sus hermosos senos, retirando del medio su corpiño. Sus pechos parecían tallados con rigurosa precisión, altos, y con pezones rígidos por la exitación y el roce incontrolable de la pasión. La acomodé suavemente sobre la cama, mirando hacia arriba y comencé a recorrer entre besos y caricias el contorno de su cuerpo, excluyendo de momento su zona baja. Cuando me encontré con su ropa interior, noté que estaba mojada, por lo que me incliné sobre uno de sus muslos y con los dedos empecé a masajear sus labios. Ella, me miraba mientras yo acariciaba su clítoris y me acompañaba con una de sus manos ejerciendo más presión de la que yo intentaba utilizar. Lentamente le bajé su prenda y de a poco a besar sus labios, mojados de exitación, los cuales me indicaban que se encontraba lista para hacer el amor.

No era el momento, no todavía. Me incliné sobre su entrepierna y, mientras con una mano llevaba de lado a lado su clítoris, con la boca empecé a besarla y con la lengua, con delicadeza a penetrarla. Me mantuve allí dándole placer largo rato, hasta que sin pensarlo y dominado por la lujuría me posé sobre ella y de a poco me metí dentro de su cuerpo. La sensación fue indescriptible; aunque se puede decir que la comodidad de mi pene dentro de ella se debía al calor y la humedad que sólo la verdadera pasión te puede dar. Allí era donde yo quería estar, estaba feliz, pero no feliz por la satisfacción del sexo, sino una palpitación muy distinta.

Fue aquella noche, aquel momento que el destino o la casualidad decidió unirnos en aquel bar, para que entrelazáramos nuestros cuerpos en la divinidad de la pasión que sólo el sentirse enamorados te puede ofrecer. Nada importaba, ella y yo, allí, juntos, enamorados, enredados entre cuerpo y sábanas, observando la nada, pero mirándonos con deseo.

La última vez que la vi fue esa misma noche, la cual para mi fue inolvidable. La observé partir cerca de las siete de la mañana, en un remis, ya que se negó a que yo la acerque hasta su casa. Su mirada no era la de momentos antes, era diferente, quizá algo distante, aunque complicada de descifrar. Me preparé un café y prendí la tele, me puse a pensar en ella y una tonta sonrisa de enamorado se me dibujó inconscientemente. Me di cuenta que era amor, quizá amor a primera vista, no lo sé. Recordé todos los momentos que viví con ella desde aquellos días de jóvenes en la pileta del barrio hasta las encontradas en algún lugar al azar. Comencé a creer que era posible, que podía ser el momento, con la persona indicada, no paraba de sonreír al pensarla, así que debía ser ella.

Era tarde por la noche, cuando decidí que era el momento, luego de meditarlo durante largos días. Ella no podía seguir en la nada, sin que supiera la verdad.

Opté por acercarme directamente en persona a su casa, al día siguiente, para poder llevarla a algún lugar donde la tranquilidad fuera suficiente para contarle lo que me pasaba. Hacía varios días que no la veía, que no hablábamos, ni siquiera un mensaje de texto. La situación se me hacía incontrolable, no podía seguir guardando todo lo que sentía por ella desde aquella cercana noche que comenzó en el bar de moda y terminó en una descarga extrema de pasión en mi morada.

Comenzamos a charlar como si fuésemos amigos de toda la vida, entre preguntas obvias y vacias hasta que enderecé la conversación:


¿Vamos a algún lugar más tranquilo? Necesito decirte algo.


Si, pero no me asustes. ¿Pasó algo malo? Respondió ella.


No, es algo que necesito decirte. Algo personal.


Bueno vamos. Decidió finalmente.

Llegamos a una plaza chiquita que hay por el centro, no muy concurrida, pero tampoco desierta. La tranquilidad del ambiente me calmó por un instante, pero noté algo extraño en ella, algo alarmante para mí, dados los motivos del encuentro. Enseguida decidí tomar las riendas de la charla y, entre suspiros, dije:


Te acordás de aquel día ¿no?.


Si. Aseveró en tono más de pregunta que de respuesta.


Bueno, yo quería decirte que no puedo sacarme de la cabeza lo que pasó y que me gustaría que pensaras a donde nos podría llevar algo más.


¿Algo más de qué? Respondió cortante, al mismo momento que un frío abrasador recorrió desde lo más bajo de mi espalda hasta mi nuca.


Ya sabes, algo más entre nosotros. Dije entre labios temblantes.


Mira Javi, lo nuestro fue ese día, esa vez. Se dio porque era algo que yo tenía pendiente, pero prefiero que seamos amigos o sigamos así que estoy bien.

De repente, sentí que se me caía el mundo. Ausente por completo la miré sin mirarla. No podía ser cierto, ¿no fue maravilloso para ella?, ¿no lo disfrutó?, ¿no sintió ese lazo especial que yo si?. Y rápidamente escupió:


No puedo permitirme tener una relación con nadie. No creo que entre nosotros, ni por ahora con nadie, vaya a pasar algo que merezca tomarse en serio. Estamos bien así, no lo arruinemos.


Pero? (la mente se me nubló por completo).

Varios días pasaron de esa tarde en la plaza del barrio. Decidimos ?más bien lo decidió ella- que seamos amigos. Un tiempo viví a su lado, como confidente, como guardaespaldas, pero sin poder darle todo lo que tengo para ella, guardado acá, en el fondo de mi corazón.

No pasó mucho tiempo para que me presente a un novio, un tipo que a leguas se notaba que sólo le interesaba acostarla para saciar su apetito sexual. Pero allí me mantuve, aconsejándola, diciéndole que ese no era un hombre para ella, que sólo le interesaba coger y después dedicarse a estar con los amigos riéndose de ella, o restándole importancia a una mujer increíble.

Por supuesto que se enojó conmigo, nos pelamos y cada uno siguió su camino. Yo con mi dolor de no tenerla y de verla inmolarse con alguien que no la merece, que no la puede amar como yo la amo.

Y acá estoy, contándoles mi historia desde arriba, porque a la semana de haber cortado la relación con ella decidí que no tenía sentido vivir. Tal vez me equivoqué, pero fue la decisión que tomé. Ahora la cuido desde arriba, la amo, la pienso, la recuerdo, y, por sobre todas las cosas, la espero, para que cuando ella llegue al cielo pueda entender el amor que yo siento por ella y pueda darle todo lo que sigo guardando para entregárselo como alguien hace un regalo y espera ansioso la sincera mirada del otro y un tierno GRACIAS.

Fin

La idea es contar una historia real, obviamente no la cuento desde el cielo, pero la depresión que invade mi vida todavía continúa, esperando alguna señal de que ella pueda volver a ser mía, por lo menos, un vez más..

Gracias a todos, espero que les guste y comenten para saber que les pareció.


















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